jueves 16 de julio de 2009
Derechos
Por este motivo, no se pueden modificar, ni usar con fines comerciales.
Se pueden citar, eso sí. Pero tendrá que exponerse que soy el autor y que provienen de esta, mi guarida (a la que por otra parte estáis todos invitados).
Sin más, os saludo, seres de mi escondrijo, y os insto a seguir haciéndome compañía de vez en cuando.
Ichabod
jueves 9 de julio de 2009
EL VAMPIRO DE MONTPARNASSE
Bajo un farol se recortaba la sombra de un hombre. No parecía demasiado viejo, pero estaba claro que había dejado atrás su época juvenil.
-Vaya, debe ser un duro golpe para un chico de tu edad...- Cristophe frunció el ceño en un gesto de odio. El hombre soltó una profunda carcajada y acercó la cara a la luz, permitiendo que el chico contemplase su piel blanca como la nieve- ¿En serio crees que lograrás acabar con ellos? ¡Adelante! Será interesante ver como fracasas...
-No fracasaré - respondió Cristophe.
-¿Cuánto apostarías? - volvió a reir y el muchacho sintió cómo aquella risa se clavaba en sus oídos como el incesante ruido de una máquina de vapor. - Hagamos un trato, - dijo, y rebuscó en los descosidos bolsillos del abrigo. Pareció encontrar lo que buscaba y lo mantuvo en el puño - si consigues llevar a cabo tu venganza, te daré cualquier cosa que me pidas. Toma esto, te servirá de ayuda.
Abrió la mano y dejo caer un objeto brillante que Cristophe siguió con la vista. Cuando chocó contra el suelo, el muchacho se agachó para recogerlo. Alzó la mirada y aquel hombre se había esfumado como la luz en un candil agotado.
Miró aquel objeto. Se trataba de un relicario pendiente de una cadena. La parte frontal estaba adornada con un camafeo que representaba la Luna y las estrellas. Abrió la cajita metálica con sumo cuidado para no dañarla, y en su interior no halló absolutamente nada. Sin embargo, al girar el relicario encontró una inscripción. Se acercó al farol para poder leerla, y en ella, con perfecta talla se leía: "Trato hecho".
miércoles 8 de julio de 2009
EL VAMPIRO DE MONTPARNASSE
Gertrude y Jean-Marc era una joven pareja que vivía en un pequeño pueblo de los pirineos franceses. Él, carbonero en una mina situada a la falda de una pequeña montaña, se había criado en una familia pobre. Ella, muchacha de clase media, era hija de un empresario venido a menos.
La educación de Gertrude se basó en el estudio de la literatura, la música y el baile. Sus progenitores habían pensado que quizás así tendría oportunidad de casarse con un hombre de un estatus mayor. Sin embargo, lo que atraía a la muchacha era juntarse con las gentes del pueblo en sus fiestas nocturnas. Entre ellas el alcohol, especialmente la Absenta, que tanto furor hacía en los cabarets por aquella época, era era un invitado de honor. Con él, los obreros buscaban olvidar las largas jornadas de trabajo, y los que, como Gertrude pertenecían a clases más altas, conseguían divertirse a costa de dejar en ridículo a los jornaleros por un puñado de céntimos.
La joven, en cambio, se daba a los placeres más carnales que sólo en estos círculos podía satisfacer. Fue así como conoció a Jean-Marc, un hombre siete años mayor que ella. Lo que al principio no era más que un primitivo sentimiento para dar rienda suelta a su lujuria contenida, fue transformándose en una instintiva atracción y, finalmente en amor pasional.
Para él, había significado amarla desde el primer día en que notó su pálida piel al roce de su propio cuerpo.
Por este motivo, al mes de conocerle, Gertrude se quedó embarazada. Mantuvo en secreto la gestación hasta que resultó evidente bajo sus vestiduras y tuvo que confesar a Jean-Marc el porqué de la interrupción de sus encuentros nocturnos. Le resultó más difícil, en cambio, contárselo a su padre.
Cuando al fin lo logró, su reacción fue la que cabía esperar. Maldijo sobre todo lo que podía maldecir, renegó de ella y, tras un frustrado intento de asesinar al chico en un arranque de violencia parental, la obligó a abandonar el pueblo.
A la mañana siguiente, Gertrude, en un evidente estado de buena esperanza, se encontraba en la estación de trenes con un escaso equipaje en un puñado de desvencijadas maletas.
Con la llegada del primer tren, vió a Jean-Marc postrarse ante ella. Había tomado la difícil decisión de acompañarla allá donde fuera, dejando atrás su pasado, su familia y sus propias raíces.
Así pues, tomaron el tren y, tras infinidad de horas y cambios de línea, llegaron a su destino: La ciudad de las luces, donde probarían fortuna comenzando de cero.
Vendiendo las escasas pertenencias de la joven, lograron alquilar una pequeña habitación en el Quartier Latin, compartiendo residencia con jóvenes estudiantes con la cabeza llena de sueños.
Jean-Marc encontró trabajo ayudando a un anciano y rico filósofo que lo acogió, quizá en sustitución de su difunto hijo.
Al nacimiento del pequeño Cristophe unos meses después, el anciano les permitió vivir con él en su lujosa vivienda, llegando incluso a nombrarles en su herencia. Al fin y al cabo, eran su única familia.
Por tanto, ahora disfrutaban de un nivel de vida mucho más próspero del que habrían podido soñar en el pueblo pirenaico.
Pasaron los años y Cristophe se hacía mayor. Afortunadamente pudo ser instruido por el filósofo en todo tipo de artes y ciencias. La familia disponía incluso de largos periodos de tiempo libre, que ocupaban acudiendo a cafés, tertulias o teatros.
En 1863, cuando Cristophe contaba con catorce años, el hombre a quien consideraba ya su abuelo, había fallecido. Sin poseer más familia que ellos, todos sus bienes pasaron a Jean de forma oficial.
El filósofo fue enterrado en el cementerio de Montmartre, bajo una sobria lápida de piedra. Sin duda alguna, se trataba de una triste noche para el chico en más de un aspecto.
Cuando el cortejo fúnebre se disponía a abandonar el cementerio, decenas de personas aparecieron desde las sombras, donde acechaban y se tornaron en una negra masa de destrucción, acabando con toda vida que allí se encontraron.
Cristophe logró escabullirse y esconderse en una cripta cercana. Quiso gritar, impedir que a sus padres pudiera ocurrirles algo malo, pero sabía que hacerlo conllevaría su propia muerte.
Se asomó ligeramente por una de las ventanas de la cripta y vió como aquellas personas, no, extraños seres, acababan con los asistentes al funeral.
Con sus propios ojos pudo ver como el cuerpo de su padre se desmoronaba inerte contra el suelo. A cierta distancia cayó el sombrero de copa. Entonces buscó instintivamente a su madre: se encontraba en una maraña de manos y dientes que parecía no terminar nunca. Parecía verle, desde la distancia, sabía que lo estaba presenciando: sus ojos se fijaban en la cripta mientras sucedía, alzó su mano e intentó gritar, pero su voz se ahogó en el propio torrente de sangre que surgía de su garganta. Afortunadamente, Gertrude dejó de sufrir. Su calvario acabó cuando uno de aquellos seres, al que Cristophe no pudo distinguir en la negrura de la noche, acabó finalmente con su vida... mordiéndola en el cuello.
En un abrir y cerrar de ojos, todos desaparecieron. Cristophe abandonó el escondite y se dirigió con pesados pasos hacia los cadáveres de sus padres. Abrazó a su madre y le cerró los ojos mientras veía cómo el velo que portaba se hundía en un charco de sangre. No sabía que hacer.
Se levantó y fue hacia su padre. Lo miró, desde arriba y entonces comprendió que debía vengarles. A su corta edad, entendió que el fin último de su vida sería acabar con aquellos que habían asesinado a sus padres.
Recogió el sombrero de copa y tras sacudirlo, se lo colocó, aunque era evidente que era demasiado grande para él (su padre poseía un prominente cráneo).
Subió la vista entre las calles y farolas de París y alcanzó el disco lunar en la estrellada noche.
-Este será mi designio- se dijo - no descansaréis hasta que lo haya llevado a cabo, y vosotros tampoco. - concluyó.
Comenzó a caminar esquivando la sangre y los cuerpos hasta que el camino del cementerio se tornó en calle adoquinada.
Entonces, escuchó una clara voz, como salida de una cueva:
-¿Tú te has librado, eh chico? - fue lo que dijo.
lunes 6 de julio de 2009
EL VAMPIRO DE MONTPARNASSE (1)
Les contaré pues, la historia que salió de sus labios aquella mañana de Enero.
"Todo empezó en el Otoño de 1863. La ciudad de París aún lloraba la pérdida de uno de sus más célebres artistas, Eugène Delacroix. Había fallecido hacía algo más de un mes y su sepelio se llevó a cabo en el cementerio del Père-Lachaise.
Para entonces, los escasos homenajes ya habían terminado y el pueblo de París vivía uno de sus mejores momentos desde que, hacía unos ochenta años comenzaran la revolución que los haría libres del yugo de la realeza. Al menos, en parte se libraron de ella con aquella acción.
En parte, digo, porque lo que ellos no sabían era que una familia real muy distinta de la que tantos derechos les había negado, estaba apoderándose de los barrios bajos de los países del Este, especialmente en Rumanía, logrando permanecer en la sombra. Tenían comprados a diversos cargos políticos, por lo que rápidamente los rumores de corrupción se alzaron en las calles de las ciudades, mientras la Familia Craciunescu (que así se llamaba por aquel entonces) conseguía controlar los gobiernos de casi diez países.
Cuando por fin se logró su completa expulsión, la Familia cambió su apellido por el de Mercier y se refugió en París, donde comenzaron de nuevo su cruzada por la hegemonía. Francia contaba ahora con una familia real mucho más despiadada, sin embargo, aún no lo sabía. Como si de una silenciosa enfermedad se tratase, no se daría cuenta de ella hasta que los síntomas más violentos hiciesen su aparición.
Y hasta 1863, aún no se habían dado a conocer excepto para las más bajas esferas. En cambio, para la familia del pequeño Christophe, estaban a punto de abandonar su anonimato.
martes 28 de abril de 2009
El Violín del Infierno
Nunca he sido un hombre preocupado por las supersticiones ni la magia. Siempre pensé que no eran más que historias que se contaban a los más pequeños, para infundirles terror en las noches de tormenta. Y en una noche como aquellas, comienza mi relato.
Me encontraba divagando en mis oscuros pensamientos. Había bebido algunas copas de Absenta en la soledad de mi habitación y me disponía a leer una leyenda que algún escritor inglés había publicado recientemente.
Para ello, me recosté cómodamente en mi viejo sillón y, cogiendo mis anteojos, abrí el libro por la primera página. Estuve largo tiempo leyendo muy atento aquella historia, y sin darme cuenta debí caer dormido.
Cuando me desperté, el libro aún reposaba sobre mi regazo y la vela que iluminó minutos antes la estancia, se había apagado con una leve brisa que entraba por los ventanales. La volví a encender, y mientras apoyaba el escrito en un desvencijado escritorio, empecé a escuchar una leve melodía.-Viene de la calle, sin duda - me dije.
Despejé la cama de algunos inútiles enseres y me acosté para seguir durmiendo. Cuando llevaba unos minutos perdido en los mundos de Morfeo, me desperté de súbito, como si un gato hubiese saltado sobre mi pecho en aquel instante.
Aquella música seguía sonando. Era tan hermosa, que no dudé en ir en busca de su procedencia. Por este motivo, salí a la calle, esperando escucharla, traída por los ecos de algún olvidado callejón. Silencio. No escuché nada más que los gritos de unos noctámbulos transeúntes que volvían de una fiesta bohemia, pisando escandalosamente los charcos que habían quedado entre el adoquinado de la ciudad.
Volví pues a mi cuarto. Pensando que tal vez aquel que interpretaba esas dulces notas hubiese dejado de tocar. En cambio, pude oír de nuevo aquella música, ahora más cercana. Miré hacia el lecho, y allí lo vi.
Se trataba de un muchacho, no mayor de quince años, que tocaba un ruinoso violín. Vestía un sucio abrigo verde y un sombrero de copa hendido hacia un lado.
Sin hacer pregunta alguna, acerqué un taburete a la cama y me dispuse a escuchar aquella canción. El muchacho no dijo nada, alzó la cabeza, me miró, sonrió de una forma extraña y siguió con su tarea. A medida que tocaba, todos mis sentidos menguaron, excepto el oído. Una sensación de paz invadió mi cuerpo. Noté cómo mi alma cedía al misterioso violinista.
De súbito, el ritmo cambió. La melodía se volvió más rápida y más fuerte. En cambio, mi trance continuaba tal como hasta ahora, siguiendo cada nota de aquel instrumento. Podía sentirlas ahora en cada fibra de mi cuerpo. Experimenté un bienestar que hasta el momento, sólo el alcohol había logrado producir en mí.
La música se hacía cada vez más intensa, y mi climax era cada vez mayor. La estancia ahora parecía iluminada con el sonido del violín.Sin embargo, pronto me sentí incómodo. La melodía se tornaba en mi cabeza como imágenes que se proyectaran a través de un aparato de cinematógrafo. En ellas, contemplé los siete infiernos, todos los pecados que en mi vida había cometido y que ahora no podía redimir.
-¡Para! - grité, levantándome furioso - ¿Es eso lo que has venido a hacer? ¿Querías hundirme en mi propia miseria? ¡Para, te digo!
Mas aquel individuo hizo caso omiso a mis órdenes.
-¡Ya es suficiente! - dije, suplicante - Quisiera poder borrar todo aquello, pero ya no es posible…
Mientras tanto, aquellas imágenes se sucedían en mi mente. Vi mis nocturnos banquetes en que gula y lujuria eran el plato principal. Descubrí que mi envidia había provocado en mí la ira que me hizo luchar contra mis amigos. Contemplé mi soberbia, aquella que me indujo a ser avaro, y por último, la pereza que me obligó a no contrarrestar todas mis malas acciones.
-¡Detente! ¡Ya he captado el infernal mensaje que has traído esta noche! ¡No sigas!Pero aquel violín seguía sonando. Pude observar cómo de sus cerdas saltaban chispas incendiarias, que no tardaron en prender la habitación entera. Sin embargo aquel muchacho no cesaba en su empeño.
- ¡Ya lo has logrado! ¡Sal de mi vida! - grité, esperando que esta vez me hiciera caso. No fue así.
En un cortísimo lapso de tiempo, (que a decir verdad, a mí se me hizo eterno) me vi rodeado por las llamas, obligado a salir a un balcón a intentar respirar. La música se tornaba cada vez más y más violenta.
Esperando dejar de oírla, pues en aquel momento no me preocupaba nada más, me arrojé al vacío, anhelando en una última acción poder asirme a algún balcón de los pisos inferiores. No lo logré. Caí extenuado en la calle, el rostro embarrado y mis miembros destrozados. Nadie se acercó, nadie vino a socorrerme. Mirando hacia arriba no pude ver aquel Satán que había provocado mi suicidio. Tan solo pude observar vagamente, cómo en mis manos sostenía aquel destrozado violín. Apreté los puños con tanta fuerza, que pude escuchar el apagado sonido de la madera crujiendo.
Comprendiendo entonces, que nadie más que yo había provocado mi propia destrucción, cerré los ojos y me rendí a la muerte.
domingo 12 de abril de 2009
Mi primera vez...
^^

