Nunca he sido un hombre preocupado por las supersticiones ni la magia. Siempre pensé que no eran más que historias que se contaban a los más pequeños, para infundirles terror en las noches de tormenta. Y en una noche como aquellas, comienza mi relato.
Me encontraba divagando en mis oscuros pensamientos. Había bebido algunas copas de Absenta en la soledad de mi habitación y me disponía a leer una leyenda que algún escritor inglés había publicado recientemente.
Para ello, me recosté cómodamente en mi viejo sillón y, cogiendo mis anteojos, abrí el libro por la primera página. Estuve largo tiempo leyendo muy atento aquella historia, y sin darme cuenta debí caer dormido.
Cuando me desperté, el libro aún reposaba sobre mi regazo y la vela que iluminó minutos antes la estancia, se había apagado con una leve brisa que entraba por los ventanales. La volví a encender, y mientras apoyaba el escrito en un desvencijado escritorio, empecé a escuchar una leve melodía.-Viene de la calle, sin duda - me dije.
Despejé la cama de algunos inútiles enseres y me acosté para seguir durmiendo. Cuando llevaba unos minutos perdido en los mundos de Morfeo, me desperté de súbito, como si un gato hubiese saltado sobre mi pecho en aquel instante.
Aquella música seguía sonando. Era tan hermosa, que no dudé en ir en busca de su procedencia. Por este motivo, salí a la calle, esperando escucharla, traída por los ecos de algún olvidado callejón. Silencio. No escuché nada más que los gritos de unos noctámbulos transeúntes que volvían de una fiesta bohemia, pisando escandalosamente los charcos que habían quedado entre el adoquinado de la ciudad.
Volví pues a mi cuarto. Pensando que tal vez aquel que interpretaba esas dulces notas hubiese dejado de tocar. En cambio, pude oír de nuevo aquella música, ahora más cercana. Miré hacia el lecho, y allí lo vi.
Se trataba de un muchacho, no mayor de quince años, que tocaba un ruinoso violín. Vestía un sucio abrigo verde y un sombrero de copa hendido hacia un lado.
Sin hacer pregunta alguna, acerqué un taburete a la cama y me dispuse a escuchar aquella canción. El muchacho no dijo nada, alzó la cabeza, me miró, sonrió de una forma extraña y siguió con su tarea. A medida que tocaba, todos mis sentidos menguaron, excepto el oído. Una sensación de paz invadió mi cuerpo. Noté cómo mi alma cedía al misterioso violinista.
De súbito, el ritmo cambió. La melodía se volvió más rápida y más fuerte. En cambio, mi trance continuaba tal como hasta ahora, siguiendo cada nota de aquel instrumento. Podía sentirlas ahora en cada fibra de mi cuerpo. Experimenté un bienestar que hasta el momento, sólo el alcohol había logrado producir en mí.
La música se hacía cada vez más intensa, y mi climax era cada vez mayor. La estancia ahora parecía iluminada con el sonido del violín.Sin embargo, pronto me sentí incómodo. La melodía se tornaba en mi cabeza como imágenes que se proyectaran a través de un aparato de cinematógrafo. En ellas, contemplé los siete infiernos, todos los pecados que en mi vida había cometido y que ahora no podía redimir.
-¡Para! - grité, levantándome furioso - ¿Es eso lo que has venido a hacer? ¿Querías hundirme en mi propia miseria? ¡Para, te digo!
Mas aquel individuo hizo caso omiso a mis órdenes.
-¡Ya es suficiente! - dije, suplicante - Quisiera poder borrar todo aquello, pero ya no es posible…
Mientras tanto, aquellas imágenes se sucedían en mi mente. Vi mis nocturnos banquetes en que gula y lujuria eran el plato principal. Descubrí que mi envidia había provocado en mí la ira que me hizo luchar contra mis amigos. Contemplé mi soberbia, aquella que me indujo a ser avaro, y por último, la pereza que me obligó a no contrarrestar todas mis malas acciones.
-¡Detente! ¡Ya he captado el infernal mensaje que has traído esta noche! ¡No sigas!Pero aquel violín seguía sonando. Pude observar cómo de sus cerdas saltaban chispas incendiarias, que no tardaron en prender la habitación entera. Sin embargo aquel muchacho no cesaba en su empeño.
- ¡Ya lo has logrado! ¡Sal de mi vida! - grité, esperando que esta vez me hiciera caso. No fue así.
En un cortísimo lapso de tiempo, (que a decir verdad, a mí se me hizo eterno) me vi rodeado por las llamas, obligado a salir a un balcón a intentar respirar. La música se tornaba cada vez más y más violenta.
Esperando dejar de oírla, pues en aquel momento no me preocupaba nada más, me arrojé al vacío, anhelando en una última acción poder asirme a algún balcón de los pisos inferiores. No lo logré. Caí extenuado en la calle, el rostro embarrado y mis miembros destrozados. Nadie se acercó, nadie vino a socorrerme. Mirando hacia arriba no pude ver aquel Satán que había provocado mi suicidio. Tan solo pude observar vagamente, cómo en mis manos sostenía aquel destrozado violín. Apreté los puños con tanta fuerza, que pude escuchar el apagado sonido de la madera crujiendo.
Comprendiendo entonces, que nadie más que yo había provocado mi propia destrucción, cerré los ojos y me rendí a la muerte.
1 comentarios:
Que bueno Luis! me ha enganchado muchisimo! weeeeeeeeee
Sigue asi!
Besos!
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