CAPÍTULO 2
Gertrude y Jean-Marc era una joven pareja que vivía en un pequeño pueblo de los pirineos franceses. Él, carbonero en una mina situada a la falda de una pequeña montaña, se había criado en una familia pobre. Ella, muchacha de clase media, era hija de un empresario venido a menos.
La educación de Gertrude se basó en el estudio de la literatura, la música y el baile. Sus progenitores habían pensado que quizás así tendría oportunidad de casarse con un hombre de un estatus mayor. Sin embargo, lo que atraía a la muchacha era juntarse con las gentes del pueblo en sus fiestas nocturnas. Entre ellas el alcohol, especialmente la Absenta, que tanto furor hacía en los cabarets por aquella época, era era un invitado de honor. Con él, los obreros buscaban olvidar las largas jornadas de trabajo, y los que, como Gertrude pertenecían a clases más altas, conseguían divertirse a costa de dejar en ridículo a los jornaleros por un puñado de céntimos.
La joven, en cambio, se daba a los placeres más carnales que sólo en estos círculos podía satisfacer. Fue así como conoció a Jean-Marc, un hombre siete años mayor que ella. Lo que al principio no era más que un primitivo sentimiento para dar rienda suelta a su lujuria contenida, fue transformándose en una instintiva atracción y, finalmente en amor pasional.
Para él, había significado amarla desde el primer día en que notó su pálida piel al roce de su propio cuerpo.
Por este motivo, al mes de conocerle, Gertrude se quedó embarazada. Mantuvo en secreto la gestación hasta que resultó evidente bajo sus vestiduras y tuvo que confesar a Jean-Marc el porqué de la interrupción de sus encuentros nocturnos. Le resultó más difícil, en cambio, contárselo a su padre.
Cuando al fin lo logró, su reacción fue la que cabía esperar. Maldijo sobre todo lo que podía maldecir, renegó de ella y, tras un frustrado intento de asesinar al chico en un arranque de violencia parental, la obligó a abandonar el pueblo.
A la mañana siguiente, Gertrude, en un evidente estado de buena esperanza, se encontraba en la estación de trenes con un escaso equipaje en un puñado de desvencijadas maletas.
Con la llegada del primer tren, vió a Jean-Marc postrarse ante ella. Había tomado la difícil decisión de acompañarla allá donde fuera, dejando atrás su pasado, su familia y sus propias raíces.
Así pues, tomaron el tren y, tras infinidad de horas y cambios de línea, llegaron a su destino: La ciudad de las luces, donde probarían fortuna comenzando de cero.
Vendiendo las escasas pertenencias de la joven, lograron alquilar una pequeña habitación en el Quartier Latin, compartiendo residencia con jóvenes estudiantes con la cabeza llena de sueños.
Jean-Marc encontró trabajo ayudando a un anciano y rico filósofo que lo acogió, quizá en sustitución de su difunto hijo.
Al nacimiento del pequeño Cristophe unos meses después, el anciano les permitió vivir con él en su lujosa vivienda, llegando incluso a nombrarles en su herencia. Al fin y al cabo, eran su única familia.
Por tanto, ahora disfrutaban de un nivel de vida mucho más próspero del que habrían podido soñar en el pueblo pirenaico.
Pasaron los años y Cristophe se hacía mayor. Afortunadamente pudo ser instruido por el filósofo en todo tipo de artes y ciencias. La familia disponía incluso de largos periodos de tiempo libre, que ocupaban acudiendo a cafés, tertulias o teatros.
En 1863, cuando Cristophe contaba con catorce años, el hombre a quien consideraba ya su abuelo, había fallecido. Sin poseer más familia que ellos, todos sus bienes pasaron a Jean de forma oficial.
El filósofo fue enterrado en el cementerio de Montmartre, bajo una sobria lápida de piedra. Sin duda alguna, se trataba de una triste noche para el chico en más de un aspecto.
Cuando el cortejo fúnebre se disponía a abandonar el cementerio, decenas de personas aparecieron desde las sombras, donde acechaban y se tornaron en una negra masa de destrucción, acabando con toda vida que allí se encontraron.
Cristophe logró escabullirse y esconderse en una cripta cercana. Quiso gritar, impedir que a sus padres pudiera ocurrirles algo malo, pero sabía que hacerlo conllevaría su propia muerte.
Se asomó ligeramente por una de las ventanas de la cripta y vió como aquellas personas, no, extraños seres, acababan con los asistentes al funeral.
Con sus propios ojos pudo ver como el cuerpo de su padre se desmoronaba inerte contra el suelo. A cierta distancia cayó el sombrero de copa. Entonces buscó instintivamente a su madre: se encontraba en una maraña de manos y dientes que parecía no terminar nunca. Parecía verle, desde la distancia, sabía que lo estaba presenciando: sus ojos se fijaban en la cripta mientras sucedía, alzó su mano e intentó gritar, pero su voz se ahogó en el propio torrente de sangre que surgía de su garganta. Afortunadamente, Gertrude dejó de sufrir. Su calvario acabó cuando uno de aquellos seres, al que Cristophe no pudo distinguir en la negrura de la noche, acabó finalmente con su vida... mordiéndola en el cuello.
En un abrir y cerrar de ojos, todos desaparecieron. Cristophe abandonó el escondite y se dirigió con pesados pasos hacia los cadáveres de sus padres. Abrazó a su madre y le cerró los ojos mientras veía cómo el velo que portaba se hundía en un charco de sangre. No sabía que hacer.
Se levantó y fue hacia su padre. Lo miró, desde arriba y entonces comprendió que debía vengarles. A su corta edad, entendió que el fin último de su vida sería acabar con aquellos que habían asesinado a sus padres.
Recogió el sombrero de copa y tras sacudirlo, se lo colocó, aunque era evidente que era demasiado grande para él (su padre poseía un prominente cráneo).
Subió la vista entre las calles y farolas de París y alcanzó el disco lunar en la estrellada noche.
-Este será mi designio- se dijo - no descansaréis hasta que lo haya llevado a cabo, y vosotros tampoco. - concluyó.
Comenzó a caminar esquivando la sangre y los cuerpos hasta que el camino del cementerio se tornó en calle adoquinada.
Entonces, escuchó una clara voz, como salida de una cueva:
-¿Tú te has librado, eh chico? - fue lo que dijo.
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