jueves 29 de julio de 2010

El Vampiro de Montparnasse

CAPÍTULO 4

Cristophe abrió los ojos. Se encontraba entre sus cómodas sábanas de satén asiático. La luz que penetraba entre las cortinas aportaba una atmósfera onírica a la habitación. Cristophe se incorporó y sintiendo los párpados aún pesados salió de la cama.
-¿Ha sido todo un sueño? - se preguntó.
-¿Hola?¿Hay alguien? - oyó una voz que provenía del piso inferior.
La verdad es que no podría decir cómo había llegado a su dormitorio. Los recuerdos de la noche anterior se arremolinaban en su cabeza.
-¡Estoy aquí arriba! - respondió al visitante - ¡Aguarde un momento!
Se puso algo de ropa y salió al pasillo. A diferencia de su habitación, la casa estaba oscura como una cueva inexplorada. Tanto que le costó trabajo llegar a las escaleras y descenderlas.
-¿Quién es? - llamó. En la entrada de la vivienda, un hilo de luz proveniente de la puerta se abría paso a través de los azulejos blancos y negros del suelo. Cuando se hubo acostumbrado a la oscuridad, divisó una sombra recortada contra el blanco de la pared.

-Disculpe la intromisión, joven señor. - la voz era femenina, sin duda. La sombra se fue acercando a él lentamente- Mi nombre es Carla Florit.
-¿Qué quiere? - preguntó, demasiado bruscamente.
-Mi... mi marido no regresó la pasada noche. - respondió. Cristophe pudo ver que la mujer era entrada en carnes y divisó, pese a la oscuridad, su rostro - Acompañó a su familia al sepelio. ¿Sabe usted dónde se encuentra?
-No - mintió. Sabía que todos los asistentes al funeral habían sido asesinados - Lo lamento, no acudí al entierro.
-¿Han regresado ya sus padres?¿Podría preguntarles a ellos? - preguntó mientras intentaba vislumbrar más allá. Pero todo estaba demasiado oscuro.
-Mis padres partieron inmediatamente después de la ceremonia. Tenían ciertos asuntos que atender en Toulouse.
-Por favor, ¿me lo hará saber cuando vuelvan? Vivo en la casita azul de la esquina, pero puede preguntar por mí en la panadería.
-Está bien - dijo. La verdad es que sólo quería que aquella mujer se marchase - Se lo haré saber, tranquila.
-Gracias jovencito. Por cierto, cierra bien la puerta. La encontré abierta de par en par.
La mujer lo miró desde la oscuridad, hizo un gesto de aprobación y, tras abrir su paraguas, salió a la calle. Afuera caía una débil lluvia de otoño. Cristophe cerró la puerta tras ella.
Se dirigió al comedor y descorrió las cortinas de uno de los ventanales. La tenue luz incidió en la mesa, justo en el lugar en el que se apoyaba un candelabro. Abrió la ventana y el sonido de la lluvia inundó la estancia. Descorrió las tres cortinas restantes y la habitación se iluminó de una forma triste, sombría.
El comedor era una sala alargada con las paredes cubiertas de madera de cedro. Justo enfrente de los ventanales se encontraba una amplia chimenea de piedra decorada con figuras femeninas. Sobre ella había un gran espejo custodiado por candelabros dorados y a la izquierda se encontraba la puerta que conducía hacia el recibidor. Cerca de ésta, en una de las paredes más cortas, el retrato de un hombre sentado en un escritorio se alzaba solemne. Justo en el lado opuesto de la estancia, la puerta de la cocina se encastraba en un arco de medio punto. En el centro se encontraba una mesa para veinte comensales donde reposaban tres candelabros y sobre ella, una amplia lámpara colgaba de un techo blanco níveo.
Cristophe se dispuso a ir a la cocina. Necesitaba comer algo. Pero al pasar por delante del espejo, algo lo sorprendió. Fugazmente vio la cara del hombre bajo el farol. El hombre que le había dado aquel extraño relicario.
recordó. O quizá alguien lo dijo dentro de su cabeza.
Comió un poco de la sopa sobrante de la noche anterior, acompañada con trozos de jamón y un mendrugo de pan duro como una piedra. Mientras comía sentado a un extremo de la mesa del comedor, creyó que la estancia se cerraba sobre él. Se sentía demasiado solo en aquella enorme sala. El silencio casi reinaba. Sólo alcanzaba a oír la lluvia y la infinidad de relojes repartidos por la casa que, como un pequeño ejército oculto en las sombras, cada vez se oían más y más alto.
Recogió la mesa y se dirigió a su dormitorio. Sobre la cómoda, un reloj le anunció que eran las seis de la tarde. ¿Tanto había dormido? La verdad es que no recordaba demasiado.

Se vistió y se puso un abrigo negro. Tomó el relicario, que descansaba sobre una mesilla, y tras examinarlo un instante, se lo colocó en torno al cuello. Una vez en la entrada, cogió su sombrero de copa y salió de la casa, adentrándose en la masa incolora de la ciudad de París.
De algún modo sabía dónde lo podían ayudar. Era un sitio frente al que había estado infinidad de veces. Su madre iba a menudo, y él se imaginaba lo que buscaba allí, pero nunca lo había dejado entrar, así que no sabía qué encontraría en el interior. Sin embargo, era su único punto de partida posible. Recorrió un sinfín de calles y avenidas, esquivando carromatos y personas mientras el agua goteaba por el ala de su sombrero. Giró en una plaza y se adentró en un pequeño y oscuro callejón. Arriba, ventanas iluminadas y ropa tendida. Abajo, un mendigo dormía junto a una botella mientras una prostituta empapada orinaba tras las cajas de abastos de una cafetería. Siguió adelante sin preocuparse por nada más y llegó. No era más que una puerta y un simple escaparate tras el que colgaba una cortina rojo burdeos, pero se distinguía una luz en el interior.
Giró el sencillo picaporte y abrió la puerta. Entrar le costó algo más, pero al fin lo hizo. Cuando la puerta se cerró tras él, cualquiera que hubiera pasado por aquel callejón se habría dado cuenta de que tenía escrito, de forma bastante simple, el nombre del establecimiento.
"HECHICERÍA MADAME KARINNE", decía esa inscripción.

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